lunes, 15 de febrero de 2016

Vagrant.

Estoy haciendo crêpes. Como si hubiera retrocedido diez años a la época en que solía comerlas con mis hermanos, sé hacer crêpes. Vaya.
Pongo vainilla, porque sé que le gusta. Como si mi pensamiento le hubiera llamado, aparece a mi lado y hunde un dedo en la mezcla. Se lo lleva a los labios y lo relame, mirándome fijamente, y yo no puedo respirar. Lo hace otra vez, poniendo la masa sobre mi hombro esta vez, en mi cuello. Su mano hábil desata el delantal estampado de flores, y ya no queda nada que esconder, nada que comer, nada que pensar siquiera. Ni recuerdos, ni cocina, ni crêpes, ni vainilla.
Solo queda su calidez, atesorando cada minuto de olores y sabores dulces como sus ojos...

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