sábado, 3 de abril de 2021
Saturación
miércoles, 31 de marzo de 2021
Skin on skin
Sus ojos parecieron cambiar de consistencia cuando dejé de temblar con los estertores de otro orgasmo. Adquirieron un brillo particular y se volvieron blandos, suaves, como si fueran a derramar algún sentimiento inefable. Había algo amable y sensual en el gesto con que me desabotonó el vestido, pero sé que no buscaba nada de esa índole; era solo mi piel, mis poros, que parecían llamarle y necesitarle.
A veces me asustaba necesitarle así. No en ese momento, sin embargo, cuando me abrazó, completamente desnuda, y me movió por el colchón como si no pesara nada. Me colocó en mi lado suavemente y me cubrió la piel hipersensibilizada con las sábanas y la colcha; mi piel acusó la frialdad de la cama vacía y eché de menos esa forma tan natural que tenía de tocarme, moviéndome como si fuera sencillo.
Adoré eso de él desde el primer día. Era difícil no darse cuenta de la seguridad con que caminaba, gesticulaba o hablaba; seguridad que imprimía sus gestos al tocarme. Yo estaba acostumbrada a alguien que lo hacía con familiaridad pero que no iba más allá de cogerme de la mano (fuera de la cama) y me derretía el descaro con que buscaba mi cintura y dirigía mis movimientos a su antojo, y no solo cuando se trataba de contener o acelerar mis movimientos sobre el colchón; su forma de explorar mi piel, acariciarla, recorrerla, presionarla o calentarla. Como si fuera la suya propia. Como si supiera cómo despertar o calmar cada terminación nerviosa a su antojo.
Y mi cuerpo responde..., y pide más. Pide sus dedos entrelazados con los míos al dormir, pide su mano enterrada entre los mechones de mi cabello. Pide que no haya otro calor, otro olor u otra suavidad que sentir, que apercibir.
Sensaciones.
Me siento florecer por dentro con cada nuevo despliegue de sensaciones en la piel. Un dedo curioso, mimoso, recorriendo las orillas del escote de mi mono de algodón desde la espalda, hacia el pecho, trazando un camino por el cuello. Una mirada que roba el aliento, clavada en mis ojos, destilando seguridad y un poco de sorna; saboreando su respiración en mis labios y ardiendo por dentro, en silencio, porque me toque, porque me bese, porque me acerque.
martes, 30 de marzo de 2021
Despliegue de medios.
Cuando me sobrevino, como una oleada, el escozor bajo los ojos, en el puente de la nariz, miré el suelo de nuevo. Noche fresca, silenciosa, césped artificial. Quise dejarme caer allí mismo, apoyar la espalda contra el muro y dejarme llevar por la angustia que me llenaba el pecho. Necesitaba vaciarme hasta que me dolieran los ojos y acusara el cansancio de los sollozos.
Pero me sentía sola y, sobre todo, impotente. Ni sabía qué hacer ni a quién recurrir.
Pero sabía qué necesitaba. Hogar, calor, familia.
Fui a buscar aquello que el cuerpo me pedía. Su abrazo, sus manos grandes, cálidas, amables, ese rincón de su cuello donde confluye su aroma con más intensidad, mezclado con perfume, desodorante, suavizante para la ropa y H&S. El cóctel mortal que empapa mi almohada y me abraza desde las sábanas; un "ven aquí, pequeña" que me trae recuerdos lejanos y agridulces. De alguna manera, por primera vez en muchos años, siento el respaldo fuerte y la seguridad del hogar y sé que no volveré a derramar una lágrima sola.
En un alarde.
A veces las emociones se me enredan en los dientes y me despellejo la lengua en un intento por hacerme entender. Pero solo porque he aprendido un par de cosas de la vida y sé que, uno, la persona que esté a mi lado no se merece el limbo y la incertidumbre que acompaña mis silencios y, en segundo lugar, callarse las cosas nunca lleva a ningún sitio (bueno).
A veces todavía es duro. Me digo que vale la pena el esfuerzo de rebuscarme el alma y pelearme con las palabras en lugar de mirar a otro lado, me enorgullezco de este rincón de olvidada locuacidad, de seguir siendo expresiva, irónica, oscura y, a veces, poética, aunque sea un poquito, aunque sea en el fondo. A veces, creo que lo estoy haciendo bien, pero sigue siendo un esfuerzo; y, entonces, él me pregunta que qué me pasa. Que si estoy bien. Saboreo en mi marido la misma ansiedad que veía en mi ex-pareja y vuelvo a sentirme pequeña, torpe, inútil, incapaz de hacerle llegar mis emociones, incapaz de despegar los labios, incapaz de levantar la mirada. El ciclo comienza de nuevo: soy una mala hermana, una mala hija, una mala esposa y una pésima amiga. Estoy haciéndolo todo mal con las únicas personas que me quieren bien. Soy un fraude de persona.
Pero tengo que salir a respirar en algún momento. Y, cuando lo hago, pienso que él no me conoce tanto como lo hacía Ale, aunque sea mucho más observador y el doble de inteligente. Y tengo que seguir peleando, cueste lo que cueste, darle tiempo, dejar de desviar la mirada y fingirme cansada cuando no me apetece despegar los labios.
lunes, 29 de marzo de 2021
La "Happy" Hour de un martes cualquiera.
Sincronicé el modo despertador de mi smartwatch para que me avisara a las seis de la mañana, cuando volviera a abrirse la ventana de llamadas del mercado japonés, y me dispuse a echar una cabezadita con mi marido.
En cuanto sintió mi presencia en la cama, él mismo apartó las sábanas, aunque sin dejar de roncar quedamente. Estaba dormido, pero de forma superficial, inquieto..., probablemente en una fase REM del sueño. Se sabe poco de lo que ocurre en el cerebro cuando uno duerme, pero, en esta etapa, hay una gran movilidad de los ojos en las cuencas, algunos somos propensos a hablar o al sonambulismo, y se produce un intenso nivel de actividad cerebral. Se cree que se mezclan retazos de sueños con recuerdos, en tanto nuestra mente limpia, clasifica y reorganiza la información; aspectos que vivimos de forma bastante clara, aunque a menudo los olvidemos al despertar.
¿Fascinante, verdad? bueno, para mí, en ese momento, no tanto. Primero se apartó de mí, cosa extraña, y, al cabo de unos minutos, se reacomodó en torno a mi cuerpo: pegó su vientre a mi espalda, la mano entre mi músculo dorsal izquierdo y el colchón, la cadera contra la mía, frotándose ligeramente. Apartó un poco mi pelo, suspiró e hizo pastitas con la boca, acusando el exceso de salivación; pero seguía habiendo algo raro.
- Pin... se...sa...
Siguió murmurando un rato. Yo no podía dormir y aguardé, relajada, tratando de separar las palabras, dilucidar qué estaría soñando.
- Ángela..., mmmmh -. suspiró.
¡Hala, pues qué bien! No sabía si reírme o llorar, así que opté por lo primero, pero solo porque reír nunca es peor que no reír. Mi mente se hacía preguntas con la perezosa curiosidad de quien está despierta pero no mucho: Qué estaría soñando, si fue mi cuerpo o mi olor lo que pudiera haber traído el recuerdo..., o cómo se sentiría si fuera a la inversa y, en un descuido inconsciente (¿o subconsciente?), le llamase Bae entre las brumas del sueño. Me dije, irónicamente, que probablemente sería mejor que escucharme lloriquear ante una mano alzada contra mí u otras cosas peores que sueño con cierta frecuencia.
En ese momento, tomé la decisión de no decirle nada. Aunque en algún momento lea estas palabras, aunque solo fuera para que no se le cayera la boca de disculparse por algo que no tiene ningún sentido. Al fin y al cabo..., el subconsciente puede ser un grandísimo hijo de perra, a su manera, para cada uno de nosotros.
¿Habrá sido el pelo? quizá debería cortármelo...
jueves, 25 de marzo de 2021
Detener el tiempo contigo.
- Oye, ¿no me das un beso?
Diego se incorporó y sus labios se apretaron contra los míos. Un beso casi robado, especial. Infantil en su simpleza, pero sencillo, explosivo, soberbio.
Un beso que es una llave, en tanto que abre puertas.
Un beso que es una firma, un tratado de paz.
Un beso breve, que no dura, pero que será inmortal.
No tiene nada que no tengan otros besos, más que la certeza de que, como dijo el Principito, rosas hay muchas..., pero la que importa es la tuya.
No sé en qué momento cedimos a la evidencia, pero aquel día pusimos la primera piedra real de nuestra convivencia. En un beso en una pausa del trabajo, y no en los muebles que montamos, en la primera noche que dormimos en nuestra cama o en los rayos de sol de la terraza. Diego tiene alma de artista y, como tal, rozaba la poesía en muchas de las cosas que era y que hacía, como advertir que no es el tiempo lo que forja una pareja, sino la intensidad con la que esta lo deforma a su antojo.