lunes, 7 de octubre de 2019

Masticando cristales.

Tensión. Como si tirasen de mis estremidades, como la piel seca de los labios cuando sonríes. Tensión estallando en el cuerpo como un elasticazo por dentro, como una goma recia demasiado gruesa, como las agujetas cristalizando en el cuerpo e impidiendo el movimiento.

La vida, estos días, está llena de obstáculos. El de luchar contra el sueño y el cansancio que se abre paso por mi cuerpo en los momentos más inesperados, como camuflada entre borregos, escuchando sin interés a la señora barrigona y displicente de diversidad. El obstáculo de respirar profundamente entre bocado y bocado, bloqueando el pánico según las calorías se suman en mi contador. El del estrés irrumpiendo en mi pecho según el reloj acelera sus tics y sus tacs y yo me quedo sin tiempo y mi agenda sin espacio para apuntar más datos. El problema de la sonrisa forzada cuando tengo que enfrentarme a todas esas situaciones incómodas: clientes, familia, familia política, amigos. Como masticando cristales; duele, pero puedo hacerlo. Se supone que debo hacerlo. Se supone que me hará fuerte y enriquecerá mi vida. Se supone que debería sentirme aliviada y contenta, pero dentro de mí solo hay tensión, presión, me rompo y no siento nada bueno, nada positivo. Se me escapa la vida; me desgasto de fingir interés, de fingir emoción, de fingir felicidad, de contarme una mentira que no me he creído nunca.

Me gasto..., me gasto, y ya no aguanto el peso que se me viene encima.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Insecurities.

Inseguridad y ansiedad, para mí, van de la mano. Cuando dudo hasta de mi hersona, todo mi entorno parece incierto, acrecentado, además, por la nebulosa sensación que acompaña a la carencia de sueño, esa de estar viendo el mundo desde el húmedo interior insonorizado de una sauna turca.

¿Verdaderamente he dicho eso?¿le he ofendido? Cuando queda bastante claro que sí, me cuestiono todo lo que sé de mí misma. Me pregunto si el problema es que tengo poca personalidad y por ello mismo robo rasgos de otras personas. Me pregunto si hay otro modo de exteriorizar esta pena y esta rabia que parecen seguirme a todas partes; por qué no puede la contención ser lo mío, por qué no puedo mantener mi fachada de silenciosa y displicente joven durante mucho tiempo. Por qué soy así, por qué no puedo cambiar.

Pero, ¿quiero dejar de ser yo?

Quiero... silencio. Silencio y quietud y tiempo. Hasta ahí tengo claro. Hasta ahí podemos leer.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Intimacy

Me ha llevado muchos años, pero al final he entendido que lo que estaba buscando de verdad, eso que no había encontrado en nadie hasta hace tres años, se llama intimidad.
Las personas como yo, que no tenemos muchos amigos ni familia y desconfiamos de la gente por naturaleza, tenemos muchos problemas a la hora de desarrollar confianza con las personas; por eso cuando te encontré fue una auténtica catársis. 
Hallé..., un confidente. Alguien que sabe lo que jamás le contaría a nadie más. Alguien que sabe leer mis heridas, las que se ven y las que no. Alguien delante de quien no me avergüenza tanto llorar, desnudarme, mostrarme sin maquillaje, ir despeinada o incluso comer. Encontré a una persona que besara lo más feo que tengo, que abriera sus emociones a mí sin repartos para demostrarme así que podía confiar en él, una persona a la que dejaría tocarme donde nadie más puede.
 
Eres tú, quien me calienta el alma. Tú, que me dices que ibas a morir solo, que me abrazas y me acaricias durante horas porque no puedo dormir, porque me dan miedo mis recuerdos. Tú, que me enjabonas la espalda con amor, que te tragas mis bajones y mis penas y mis ataques de pánico sin decir en voz alta todas esas cosas que sé que te dan miedo y angustia. Mi niño, que eres de acero, pero me envuelves con una calidez desconocida. Tan suave, tan tierno, tan duro, tan fuerte, tan bueno, tan todo, tan mío. Tú, que no me has abandonado a pesar de los vaivenes de mi humor, aunque pase más tiempo triste que feliz, aunque te haga sufrir. Tú, que aún tienes palabras para agradecerme las pocas cosas buenas que he hecho en la vida. 

Me parte el corazón pensar en quién podría no amarte. ¿Solo, tú? no mientras yo viva. He convertido en mi misión personal acurrucarme a tu lado por las noches, animarte, alimentarte, velar por tu salud y tu bienestar cada día de mi vida, darte tus caprichitos...; al menos hasta que sea muy, muy viejita y abandone esta vida, antes que tú, sí, porque soy así de egoísta y prefiero esperarte donde sea que vayamos después a verte marchar primero y vivir un solo día sin ti. Me has dado motivos para quedarme, motivos para tirar hacia adelante con lo que sea que me encuentre en el camino, una muy buena razón para seguir viviendo un día más, una semana más, un mes más, un año más; soñando con todas esas cosas que nos quedan por hacer juntos.
Como tocar tu cara dormida todas las mañanas y preguntarme por qué la perfección no lleva tu nombre.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Love and other dichotomies.

Carrie Bradshaw sostiene que los hombres no sienten las emociones del mismo modo que las mujeres, y que es por esto que pueden acostarse con una mujer y marcharse sin sentir nada en absoluto. Yo no quería creerlo, siempre me ha parecido uno de estos rancios cliché de lo que se espera de un hombre desde el punto de vista social: que sea "fuerte" y no exteriorice sus emociones, cuando en realidad pienso que ser sincero sobre lo que se siente es una de las cosas más difíciles y valientes que se pueden hacer.
Luego vino mi hermana, tras tres años de matrimonio, y me confesó una dura verdad: sospechaba que su marido nunca se había llegado a enamorar de ella, sino que había sentido un leve encaprichamiento inicial y poco más. Eso me pareció muy cínico. ¿Cómo de retorcida no tiene que ser una persona para finjirse enamorada durante un año hasta el punto de pedirle matrimonio a su pareja, y luego dejar que a esta la consuma la pena de un matrimonio sin cariño?

Todo esto me lleva a preguntarme cuánto nos enseñan a las mujeres a idealizar, buscar y mantener el amor. A parte de todo lo que implica para nosotras, bien es cierto que todo el contenido romántico que se produce en el cine, la televisión, la prensa y la literatura está dirigido a nosotras. ¿Son nuestras emociones distintas? ¿o lo es solo la manera que tenemos de exteriorizarlas y expresarlas? Biología y sociología se enfrentan una vez más en una dicotomía irreconciliable mientras la baja autoestima, la depresión y la ansiedad me hacen dudar y me llevan a preguntarme si las personas que me han dicho alguna vez que me querían lo han hecho por hábito o porque de verdad sentían lo mismo que yo


sábado, 17 de agosto de 2019

Una segunda familia.

Todo es como debe ser y yo suspiro de gusto. El sol del final de la tarde me acaricia los párpados, lo veo todo rojo mientras olfateo la brisa estival mezclada con césped recién cortado, cloro y protector solar. A estas alturas ya sé que estoy soñando, pero no pasa nada, porque ahora mismo soy muy feliz.
Oigo ladridos a lo lejos, y las voces de los primos de Ale, que juegan al fútbol cerca de aquí. Un grito de victoria de Ana rompe brevemente la quietud de los adultos que charlan a mi lado y yo siento una punzada de orgullo por esa niña tan activa, tan inteligente y tan buena.
Un gorgeo contento a mi lado y un roce húmedo en mi brazo me hacen abrir los ojos. Ale sostiene sobre las rodillas a un bebé rollizo de unos seis meses, pálido y risueño, un niño que inmediatamente reconozco como mío; es una de esas certezas de los sueños que a veces se mezclan con recuerdos. En algún momento hemos tenido un bebé, y lo mejor es que aquí, ahora, no tengo que preocuparme por comprar una casa o haberme casado; lo que importa es que quiero mucho a esa bolita sonrosada, sin nombre, sin sexo definido, solo nuestro pequeño.
- Sh, deja tranquila a mamá.
Me maravillo ante lo mucho que se parecen. Por supuesto que en mi cabeza el bebé perfecto sería clavadito a su padre: caracoles rubios, gordito y colorado, mirándome con sus enormes ojos de caramelo y su boquita riente y colorada, desde las rodillas de su padre. No lo puedo evitar, le tiendo los brazos y él (¿él? ¿ella?) viene encantado a mi pecho, donde se dedica a tirarme del pelo, de la ropa, del collar que llevo.

Y todo es paz. Su cabecita suave en mi pecho, los niños riendo, jugando, Macarena llamándonos desde la piscina, donde las tías de Ale aprovechan los últimos rala temperatura perfecta, mi novio mirándome con la adoración de un padre enamorado, mi suegra haciéndole arrumacos a su nieto, que se está quedando dormido (y llenándome de babas por el camino), mi suegro envolviendo papas en papel de aluminio para hacerlas a la brasa porque sabe que me encantan, mi cuñado, tímido, mirándome sin mirarme, Ana, apuntándome la receta de su deliciosa tarta de calabaza y su arroz con leche y estevia con mano temblorosa..., esta es la paz que proporciona estar en familia. Una segunda familia, para mí.

jueves, 15 de agosto de 2019

Sexo, pizza y el placer de ser rica en sueños

Entramos en la habitación a trompicones, rompiendo el silencio con nuestras risitas y nuestros jadeos. El ruido queda amortiguado, sin embargo, por lo mullido y lujoso de la decoración: moqueta, cojines por todas partes y pesadas cortinas flanqueando un gran ventanal, o quizá una puerta doble acristalada que de a un balcón, no lo sé, no voy a detenerme a mirarlo ahora... No puedo mirar otra cosa que no sea a él, tan pálido en contraste con el negro de las solapas del traje, sonrojado de champagne y copas y de los besos que nos damos, comiéndonos las bocas con alivio, subiendo poco a poco la temperatura.
Desde que le vi, rodeado de hortensias blancas y rosadas en el Salón de Bodas del ayuntamiento, solo pude pensar dos cosas: uno, lo guapo que estaba con su esmoquin negro, y dos, en las ganas que tenía de liberarle de su bonito envoltorio. Y eso estoy haciendo por fin, tironeando torpemente de la chaqueta mientras tropiezo una y otra vez con la pomposa falda de mi vestido de novia, hasta que noto que dese cansa de mi ansia y toma las riendas como solo él sabe hacer: me da la vuelta con un ademán rápido y comienza por besarme el cuello, sorteando los rizos rebeldes que se han escapado del rígido y floreado moño, todo dientes y labios y saliva mientras va deshaciendo los corchetes (hijos del demonio) del vestido con lentitud agónica. Entre beso y beso susurra una y otra vez que me quiere, me ama y me adora, que estoy preciosa, y las palabras me van llenando de calor, derritiéndose dentro de mí, convirtiendo mis huesos en mantequilla. Me siento blanda y moldeable mientras retira las prendas que me cubren, como en un gran milhojas: el vestido, el cancán, las ligas, las medias, los zapatos peeo-toe de Jimmy Choo (en sueños soy rica), el corsé y las pequeñas braguitas de encaje de La Perla, regalo de mis padres para mi noche de bodas (ellos también son ricos); finalmente, y cuando ya estoy caliente como el infierno mismo, me hace sentarme en el borde de la cama y deshace meticulósamente el intrincado peinado, quitando las horquillas una por una y liberando las ondas informes de su prisión con dedos hábiles. Suspiro, agradecida, rescato una gomilla de Dios-sabe-dónde y me hago una coleta floja mientras le miro a los ojos, cargada de intenciones malignas para con mi recién estrenado marido..., para qué dar más detalles, si todos sabemos lo que significa eso.

Unos 45 minutos después, sudorosos y satisfechos, nos debatimos sobre qué hacer a continuación.
- Deberíamos pedir fresas y champagne al servicio de habitaciones-. Sugiere él
Un ronroneo se escapa de mi garganta.
- Qué rico... Pero bae, no es temporada de fresas.
Deposita un besito distraído sobre mi pelo, del que no hace mucho tironeaba en un puño firme. Solo de acordarme me humedezco de nuevo, pero mi estómago tiene otras ideas y protesta sonoramente.
- Podemos pedir una pizza
- ¿En serio? 
- En serio -. Asiente enérgicamente- ¿Telepizza o Domino's?
- Domino's, quiero una de esas de crema y bourbon...
En realidad aún me lo tomo a broma, hasta que me da un par de palmaditas y se levanta, toda su gloriosa desnudez al aire solo para mi deleite. Los hombros redondeados, la espalda grande, los pequeños caracoles que forma el vello rubio de su pecho, el vientre prominente, curvándose hacia el pubis...
Se dirige al baño, de donde regresa envuelto en un esponjoso albornoz de rizo blanco.
- ¿Cómo se llama al servicio de habitaciones?
Le miro incrédula, con una risita
- Creo que para pedir pizza solo necesitamos internet. Anda, dame tu móvil...

Porque en los universos paralelos que se forman en los sueños, el Domino's abre 24 horas. Brindemos por eso en nuestra boda, bae.

lunes, 5 de agosto de 2019

Healing

Se inclinó hacia mí y me besó en los labios, que separé para recibir su boquita de bizcocho y su lengua caliente. Ese beso fue estupendo, la verdad, uno de esos que incluyen el paquete completo: lento, pegatido, con caricia en la mejilla o con sus dedos perdidos entre mi pelo, suave y contundente a la vez. Muy pronto se desplegó en mi vientre esa sensación de nervios y comenzó a viajar por mis venas como si se tratase de pequeñas burbujitas bajo la piel, que sentía sonrojada y sensible; mientras su boca se desplazaba hacia mi cuello, arrancándome gemidos y gimoteos, me pregunté si seguiré sintiéndome siempre como la primera vez que hice el amor con él, bailando entre los nervios y la felicidad, más suya que mía.
Sus manos viajaron hacia mi pecho, mi cintura, mi cadera, precediendo a la estela de besos que iba dibujando por mi piel. De pronto alzó la mirada y sus ojos, empañados por la excitación, me observaban expectantes tras las densas pestañas negras. Parecían de ónice, me vi reflejada en ellos.

- ¿Sabes por qué tienes estrías?

Su pregunta me desconcertó, llevándome a otro recuerdo: una mano oscura y larga acariciando una fina franja de piel entre mi camiseta y mis pantalones. Una frase maliciosa "si te hubieras cuidado mejor, no tendrías la piel tan flácida" y "ahora no tiene arreglo". No tengo arreglo. No tengo solución.
Justo cuando iba a pedirle perdón, me contestó:

- Porque estás tan buena que te rompes.

Y lo dijo con una voz tan baja y sexy que tuve que mirar hacia abajo para asegurarme de que mis bragas no hubieran estallado en llamas. Él, desde luego, no lo habría notado... seguía besándome mi flácida, estriada y descuidada piel con amor, con adoración, con deseo.