sábado, 21 de enero de 2012

Tentada.

Me estaba molestando en vano, iba a llegar tarde ocurriese lo que ocurriese. El metro se detjuvo en el andén, con un potente chirrido, y luché por mantener el equilibrio entre tanta gente. Corrí escaleras arriba hasta ahogarme, ya que la estación era excesivamente profunda. Tres tramos de escaleras. Tosí. Sólo yo me resfrío cuando me acaban de poner aparatos.
Pues eso, me abrí paso entre la gente, y comenzaba a aminorar el paso cuando por fin alcancé la superficie. Una Sue muy extraña me esperaba en el escalón. Las monjas de su instituto le habían obligado a teñir su llamativo naranja de color castaño.
-Es horrible que me obliguen a teñirme el pelo de mi propio color.-Se quejó.
Pero siendo como es, y después de decir que estaba rara mil veces, se convenció de que le encantaba su propio pelo. Espeso, muy ondulado, media melena con flequillo recto...No era extraordinario. Pero sí resultaba bonito, sobre todo después de tantos tintes, no habiéndose puesto áspero. El mío, tras unas simples mechas, había acabado asemejándose a un estropajo Spontex.
Pues no era la única que llegaba tarde. Irene no se había presentado aún. Cuando lo hizo, con su cascada de rizos oscuros, mi autoestima se vino abajo como un edificio mal construido. Pero resultó ser más linda de lo que yo recordaba, dulce y divertida, desde luego muy diferente de cualquier otra persona.
La tarde transcurrió entre risas y mil tiendas. Ropa interior provocativa, sudaderas moñas, accesorios...Irene desapareciendo cada dos por tres, Sue decidiendo qué comprarse...y yo pululando entre sus cotilleos.
La conversación giró, en general, alrededor de las personas. Y en derredor de él, claro, siendo amigo suyo.
Terminamos la tarde en el Starbucks de dos plantas. Los sillones del piso superior estaban todos ocupados, y nos instalamos al frío de la intemperie, en la terraza del local. Removí mi Frapuccino, mezclando la nata y el sirope con el batido frío de chocolate. Estaba cansada de la vainilla. Me recordaba demasiado a él.
-Yo voy a tener que irme ya-dijo Irene, mientras limpiaba la nata de su cañita con la lengua.
Sue no dejó de toquetear la blackberry, hablándome de él, de Colmillitos, y detuvo su charla a la mitad.
-Yo me iba a las nueve al río-Recordó de pronto.-Él no para de enviarme mensajes
Un agudo pinchazo de celos me aguijoneó. Me había acostumbrado a esa sensación durante la tarde. Sue me hablaba de él y la chica que le gustaba, e incluso me confesó que a ella misma le había atraído una vez, muchos años atrás.
Volví a la realidad bruscamente. Las dos se estaban poniendo en pie. Así mis bolsas y mi sudadera negra de Rammstein y las seguí. Sue quería cambiarse de ropa antes de irse al río, así que decidí acompañarla. Nos despedimos de Irene, y me prometí a mí misma volver a vernos pronto. Otra salida de compras, quizás, o puede que una tarde de cine...
Nos metimos en el baño de mujeres. Sue sacaba sus bonitos vaqueros grises, ceñidos y de tiro bajo, con una cremallera en los tobillos. Luego se puso encima su nueva camiseta negra de los Rolling Stones, y la chupa por encima. Por fin, se ató las botas y salimos del claustrofóbico baño del Starbucks.
-Bueno, yo me voy por allí-dije, señalando la fuente que se veía a lo lejos. Justo al lado estaba la parada de metro.
-¿Estás segura de que no quieres venir?-me invitó
-Nunca he desobedecido a mis padres.
-Pero puede que él esté allí. Y si tienes suerte y está ciego, lo mismo "te mete cuello"
Sentí cómo enrojecía hasta la raíz del cabello. En mi interior se debatieron la razón y una vocecilla maliciosa que me invitaba a mandarlo todo a freír espárragos y largarme. Luego podría coger el bus de plaza de armas...
"Y perderme" Dijo la sensatez dentro de mí.
-No, Sue, de veras que no. En primer lugar, preferiría que fuera...consciente. En segundo lugar, yo tengo que volver a casa para cenar, y habéis quedado sobre las nueve. Y en último lugar...me acaban de poner los aparatos.
En realidad, era la razón que más me convencía. La vergüenza de que se riera de mi patética pronunciación, de que no me tomara en serio...El miedo a besar con el cacharro en la boca. Además, nada me garantizaba que él fuera a estar bebido o algo. Y tampoco estaba segura de no acabar yo más ciega que nadie.
Sabía que habría muchos conocidos allí. Marina y sus amigas, Elba, él, puede que Kike y su novia Paula, quizás Luca o Pablo...y casi con toda seguridad, Aaron. Diablos, habría tanta gente a la que no quería ver...Aunque muchas de aquellas personas fueran mis amigos
-¡Hostia, es verdad! Pobrecita-se rió- de todos modos, él no suele beber muy a menudo. Es una pena que no puedas aprovechar...
-Otra vez será-contesté con sencillez. Aún sabiendo que era mentira.
Ella me abrazó, con cierta pena que parecía sincera. Yo agradecí su actitud y el día tan maravilloso que habíamos pasado juntas. Luego, dos chicos se acercaron a saludarla y los tres se marcharon juntos.
Paseé bajo el cielo estrellado, admirando la arquitectura típica sevillana, con sus edificios bajos y coloridos, en una mezcolanza de culturas donde se adivinaba el gótico y gran parte del árabe. Una vez más, me maravillé de los detalles que cubrían la esplendorosa catedral, de alrededor de medio milenio de antigüedad.
Acabé rayándome, como no, dándole vueltas una y otra vez a la cabeza, preguntándome si había hecho lo correcto...no, si había hecho lo que debía, lo que mi corazón me exigía. Comenzaba a encontrarme...extraña, y apoyé la cabeza contra el frío cristal de la ventana del vagón, que se impregnó del vaho de mi respiración. Todavía me quedaban unas cuantas paradas.
Creo que me adormilé un poco. Y creo que soñé con él...

martes, 10 de enero de 2012

Onee.

No he sido consciente de que el tiempo pasaba a mi alrededor. Sé que me movía. Sé que hablaba, pensaba, sonreía. Quizás mis ojos estaban un poco más rojos, pero podía achacarse al cansancio. Tal vez mis labios se mostraban un poco reacios, tirantes, pero nadie se daría cuenta. Y traté de alejarme un poco de mis amigas, para no pasar otra vez por lo mismo. Esos abrazos, esos "ya, ya pasará". No, no puedo, sencillamente.
Por eso quise echarme a morir cuando Naya se abalanzó sobre Meii, con su habitual buen humor, y le felicitó el aniversario. Ellas habían empezado a salir, de broma, el día diez. Tragué saliva. Se me humedecieron los ojos. Me refugié en mi libro, en mi sitito bajo el sol, calentita en mi chaqueta.
Pero la verdad es que quise morirme. No me molesté en prestar atención en ningún momento, y sin embargo, Satanás sabe cómo, mis notas están impecables en mi cuaderno. Tal vez el dolor me vuelve autómata. Y cuanto mayor es, más bonitas son mis creaciones, por mucha amargura que destilen mis palabras.
Sin embargo, ellas se dieron cuenta de que las ignoraba. A la salida de clase, no esperé a Colmillitos, pero tampoco me fui con ellas. Y soy consciente de que se percataron. Me puse mi música triste, y huí lo más rápido que pude.
Tuve una riña con mis padres ese medio día. No lo había planeado, no lo había pensado, pero más tarde decidí que fue una excusa perfecta para subir a mi cuarto flechada, a llorar hasta que las lágrimas abrieran surcos en mis mejillas, sin que ello resultara extraño. Ellos lo achacarían a la tristeza que me producía perderme el viaje a Marruecos. Seguramente pensarían que soy pesada e infantil por dar aún más la lata, pero la verdad es que no me importa. No me importa porque, aunque dijera la verdad, también se enfadarían. Una vez, mi madre me dijo que cuando estuviera triste lo contara en casa. Una vez lo hice, y lo primero que ella dijo fue "La niña, que siempre tiene que tener un problema". Entonces tomé la decisión de guardar silencio, salvo excepciones.
Y aquí estoy, tumbada en mi cama. Mis ojos parecen pelotas de tenis, tengo que ir a la academia, y por primera vez no me apetece. Sólo quiero llorar.
Me gustaría verla. Decirle que me acuerdo de ella, que la echo de menos, y no puedo escuchar esas canciones que tanto le gustaban, y aún recuerdo las cosas que le gustaban y las que detestaba, que sepa que lloro cada día, que hoy hace cinco meses que se fue y han sido terribles. Que he cambiado, y quiero ser como tú decías, saber cómo se vive el día a día.
Me gustaría volver a oír su voz, y decirle que la quiero. Y que no deseo volver a verla jamás.
Y ahora, un pequeño agradecimiento a mis "pilares"
Mi precioso blogger, que está abierto a un mundo al que le importan un comino mis problemas.
Mi hermano, la persona más importante de mi existencia. A él nunca tuve que decirle nada, siempre lo supo de antemano.
A mis amigos, Leen, Dara, Patricia, Alis, Els, Mis violables Din y Slend, Naya, Luca, Álvaro, Kiba...y todos los que me dejo atrás, gracias por hacer mi existencia un poco más fácil. Y, finalmente, en especial a Meii, por tener siempre un abrazo guardado para mí <3

Oppa.

No sé qué diablos me pasa hoy. Pero no dejo de tropezar con las cosas, a menudo olvido lo que iba a hacer, y estoy más irascible de lo habitual. Incluso, pese a que he intentado ser razonable, me he peleado con mi voluble compañero de grupo. Siempre me ha sacado de quicio, pero eso no es excusa, he sabido dominarme en peores situaciones, me digo. Serán las hormonas, o algo.
Pero por extraño que parezca, la ventana resulta más atrayente de lo normal. Apenas escucho lo que me dicen mis amigos, las bromas de Álvaro y Luca, y no consigo enfocar bien la vista. Persigo un buen sitio en la clase donde se pueda ver un trocito de cielo. Y contemplo las nubes desfilar. Parece que las dos semanas de descanso no han hecho mella en mí, siento los músculos doloridos y tirantes. Tengo sueño. Pero el sol es tan bonito, el cielo es tan azul...y sigo suspirando, mordiéndome los labios, dibujando e los márgenes de mis cuadernos, intentando escuchar algo, concentrarme en algo, pero se me van los ojos, y pienso, por un momento, sueño, que un chico alto y desgarbado me va a esperar a la salida del colegio, con una rosa roja, como me prometió, y me va a dar un beso, me va a llevar a casa, o al fin del mundo. Suspiro, imagino, sólo un fugaz destello, dos camisetas negras de Muse, dos sudaderas underground marrones, dos sonrisas, manos fuertemente entrelazadas. y suspiro de nuevo.
Y alguien me dice que tengo cara de estar enamorada. Sé que lo dice en broma, pero no puedo evitar sonreír...y pensar que tal vez sea cierto.

martes, 3 de enero de 2012

Reencuentros


Veintiuno de Marzo, equinoccio de primavera. Sentada en el mullido suelo, bajo el relumbrante sol primaveral, la joven irradiaba paz y tranquilidad. Pero cualquiera que la conociese bien, que no eran muchas personas, habrían adivinado el estado de turbación por el que pasaba. La humedad era casi respirable, y el calor no mejoraba ese aspecto. Casi transpiraba. Además, montones de insectos pululaban a su alrededor, poniéndola nerviosa.
Trató de relajarse y de disfrutar de lo temprano de su estación preferida. Recostándose sobre la rugosa e irregular corteza del árbol, abrió su libro, un grueso tomo muy desgastado. Antes de hundirse entre las páginas de una historia que no fuera la suya, no pudo evitar contemplar el paisaje y dejar escapar un suspiro. Las florecillas silvestres sin nombre, simples pero de innegable hermosura, salpicaban cada esquina del reducido claro, en el apogeo de su belleza. La gracia y perfección del lugar era indiscutible. Uno de esos sitios que te empujaba a sentir lacrimosa melancolía.
La muchacha pasó horas tratando de encontrar sentido a las manchas oscuras de tinta que adornaban la hoja pero no se vio capaz de concentrarse. El sol había teñido el cielo de color granate, como si fuera de fuego...o de sangre. Ni una sola nube manchaba la inmaculada perfección del cielo, en toda su vasta extensión.
Ella se detuvo a pensar en el significado de aquella fecha. Su mejor amigo se había marchado a estudiar, voluntariamente, al otro lado del continente, dejándola a ella atrás. Sin importarle lo que ella sentía. Ella, sólo un diminuto, insignificante punto en su vida. Su parte racional lo encontraba normal, él tenía un futuro impresionante por delante. Pero cada día lo echaba de menos. su olor, su sonrisa, sus ojos color caramelo, su forma de hablarle...
De modo que, un año atrás, se había hecho la promesa de no dejar que nadie penetrara sus defensas. Se había vuelto tímida y retraída, siempre en su mundo, contemplando el cielo, soñando que echaba a volar con ellos...
De modo que jamás se planteó, hasta aquella tarde, qué ocurriría si decidía volver, si sus caminos volvían a encontrarse. ¿Qué haría ella? ¿Estaría, su muralla, a prueba de él?
Y contempló, como soñando despierta, al mismo chico sin nombre que se marchara año atrás, avanzando hacia ella con su media sonrisa, y una chispa de cariño en los ojos. Se sintió, una vez más, una menudencia a su lado. Se puso en pie, torpemente, susurrando su nombre, que de pronto parecía la palabra más bella sobre la faz de la tierra. Se acercó a él, lentamente, con rigidez, extendiendo la mano como si se tratara de un espejismo.
Y lamentándose interiormente, porque con aquella sonrisa, aquella mirada él había conseguido asestar un golpe mortal a su muralla.
Él no dudó cuando la abrazó, suspirando el nombre de ella, mientras los hombros de la joven se convulsionaban en un lento sollozo. ÉL la obligó a alzar la cabeza con sonrisa amable y dedos férreos, y lo que vio en sus ojos le asustó. La más absoluta oscuridad se había adueñado de su corazón. Trató de abrazarla, consolarla de algún modo. Pero ella se apartó, temblorosa, y recogió su libro del suelo con dedos trémulos. El silencio de la noche reinaba entre ellos, como una brecha insalvable en el suelo. Ninguno podría pasar al otro lado.
-No eres real-escupió ella con voz temblorosa.-¡deja de perseguirme!
El joven contempló, estupefacto, cómo ella daba media vuelta y echaba a correr, tropezando con sus propios pies.
Jamás olvidaría su cara de cervatillo asustado, porque no volvió a verla jamás.
Ni él ni nadie, vamos.

El final.


Me esfuerzo en mover los pies más deprisa, a pesar de que casi no puedo respirar el aire húmedo y frío que parece arañarme la garganta al pasar. Extiendo las manos delante de mí, a pesar de que no tengo miedo de tropezar, no tengo miedo a nada ya, sólo necesito algo sólido a lo que aferrarme, algo que indique que todo esto es real, o acabaré por volverme loca.
No sé dónde estoy. Todo está oscuro, ni siquiera forzando la vista, o acostumbrándome al silencio y la gélida oscuridad, podría ver nada. Sólo sé que el suelo es completamente llano, y muy suave, emana una tenue frialdad...como todo, en este extraño mundo.
Pero, tiene que haber un final, ¿no? No puedo asimilar el concepto "infinito" y sospecho que mi mente nunca lo hará, por lo tanto, si hay cosas materiales...de alguna parte surgieron, y tienen que acabarse, ¿o no? Me estoy mareando, y es que me contradigo. Porque lo único material, tangible a mi alrededor, es esa figura que se mueve como una centella a mi derecha. Ambos nos apresuramos por lo desconocido hacia el final.
Siempre he temido a la muerte. Me he preguntado qué hay detrás, si estaría asustada. Pero lo cierto es que no lo estoy, porque he vivido mucho y muy bien, y pronto sabré qué es lo que me espera. Además, afortunada de mí, seré la última en verle, en oírle...
Puedo oír a ese algo que nos persigue. Su respiración, pesada y glacial como el invierno, desprende una fragancia tan desagradable como fuerte, y mi ropa y cabello quedan impregnados de ella. Como basura en descomposición. Sé que aprieta el paso tras nosotros, no parece cansarse, y me pregunto desesperada cuánto queda para el final.
Oigo un chapoteo, justo antes de sentir como me hundo en agua. Bueno, no es agua exactamente, porque desprende un olor extraño, es densa como el lodo, y está fría, como todo lo demás. Los pantalones se pegan a mí, y yo me esfuerzo por mantener el ritmo, dado que si no lo hago, él morirá.
Los dos moriremos, de todos modos.
En algún momento, su mano se encuentra con la mía. Tiro de él para que me siga, siento el vacío a pesar de no ver, está justo en frente mía. El final.
Siento cómo los dos caemos. el aire se desliza a mi alrededor, con fuerza. ¡No! no he podido despedirme de él, siquiera. Ya no oigo a la criatura, cuando me aferro instintivamente y con desesperación de quien preserva una vida, a un saliente de aquél extraño precipicio. Su peso duele, quema, me taladra el brazo, y por un momento creo que se va a salir de su sitio. Gimo, sé que no tengo tiempo. La roca puede desprenderse en cualquier momento.
-¡NO!-grazna él, cuando se percata de que suelto mis dedos.-¡No lo hagas!
-¿Qué?-Suelto, estupefacta-No voy a dejar que esa cosa nos mate
Él oye la contrariedad en mi voz. Tampoco quiere morir, o eso creo.
-Déjame caer y sal corriendo-me insta-puedes hacerlo, huye, eres bastante rápida.
Oigo una sonrisa en su voz, y repentinamente, un quejido. Mi brazo, argh...
-Prefiero...morir contigo...a vivir sin ti-replico, con esfuerzo
De dedico mi más brillante sonrisa, porque de algún modo, hemos vencido, y dejo floja esa mano que nos ata a ambos a la vida.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Yume


Llevaba ya varias horas deambulando. Estaba calada hasta los huesos, pero una férrea determinación guiaba mis actos, me impulsaba hacia adelante, en una ciudad que no era la mía. Ni siquiera tenía una dirección, algo a qué atenerme, sólo un puñado de fotos antiguas, una quimera. Y aunque tenía claro que era una locura, seguí caminando bajo la luna, guiada por las estrellas, todas iguales, titilantes...
Pasé junto a un banco. Un grupo de muchachos pululaban a su alrededor, algunos sentados, bebiendo o fumando, riendo escandalosamente. Crucé la carretera como si nada, la amplia avenida estaba desierta, y sólo se oían sus risas y mis pasos, enérgicos, sobre el desvaído empedrado rojizo. Pronto, noté que me seguían, y una idea no muy brillante fue procesada lentamente por lo que quedaba de mis neuronas. Me rezagué, para preguntarles por él. Al fin y al cabo, en un pueblo tan pequeño, podrían conocerse. Debían tener la misma edad, aproximadamente.
Ellos formaron un círculo a mi alrededor, y no titubeé al darles el nombre. Pero su reacción me desconcertó. Rompieron a reír.
-No lo sé...Quizás le conocemos.¿A ti te suena, Bob?
El que respondía a ese nombre, un chico bajito y rechoncho, con el pelo cuidadosamente peinado de punta, rompió a reír. Se pasó las manos ociosamente por el chándal Nike.
Entonces, un atrofiado instinto de la supervivencia me alertó del peligro. Me exigió que echara a correr, cuando antes.
Pero estaba paralizada en el sitio. El chico delgaducho y moreno que había hablado primero se adelantó un par de pasos.
-Pero qué chica más bonita. ¿Cuántos años tienes, bonita?
Me agazapé ligeramente, dando a entender que no iba a quedarme de brazos cruzados si me tocaba, y guardé silencio.
-Aaah, ya entiendo-exclamó, con una sonrisa socarrona que me heló la sangre-Preadolescente.
Los demás también se rieron.
-Bueno, yo me voy-declaré con firmeza
Los ojos del moreno relucieron peligrosamente
-No, tú no te vas-musitó.
Trató de cogerme la muñeca, y yo me desasí como si me hubieran aplicado una descarga eléctrica. Su mano se alzó de nuevo, y yo entrecerré los ojos, asustada, sintiendo que la adrenalina recorría mis venas, sustituyendo la sangre.
De pronto, una sombra se interpuso entre mi atacante y yo. Su espalda era muy ancha, y llevaba una cazadora de cuero oscura. No podía verle el rostro. Era mucho más alto que yo.
-No la toques.-gruñó, de forma amenazadora
Había algo en su timbre grave y profundo que me resultó terriblemente familiar, revolvió hasta la más íntima fibra de mi ser.
-¡El último que nos faltaba!-rió el otro, sin hacer caso de su tono.
-He dicho que no te acerques a ella, Miles.-repitió mi perpetuo salvador, perdiendo la paciencia
-¿Pero qué te pasa? ¿Te has vuelto un blando?-se burló Miles-Es apenas un par de años más chica que la última. Una mocosa. No te hará daño.
Sentí cómo temblaba. Se lanzó hacia adelante y le empujó, violentamente.
Luego, se volvió hacia mí. Tuve mucho cuidado de no mirarle a los ojos, sabía que en cuanto lo hiciera, no podría volver a moverme jamás. Me cogió de la mano, y los dos salimos corriendo. Él era más rápido, pero yo tenía mucha fuerza, y nos lanzamos a través de la noche, oyendo los gritos de mis atacantes, que nos persiguieron durante unos minutos. No tardaron en cansarse.
Nos detuvimos. Nuestra respiración era trabajosa. Se había acompasado mientras corríamos. Los dos rompimos a jadear pesadamente cuando nos detuvimos junto a un banco. Nos miramos unos instantes. Sentí que me derretía.
Cuando nos abrazamos, con todas nuestras fuerzas, soñé que nos fusionábamos. Así nadie podría volver a separarme de él, de su sonrisa y sus ojos verdes.
Pero por supuesto, sólo era un sueño, y antes de lo que ninguno hubiera querido, me soltó, contemplándome con esa media sonrisa que yo tanto amaba.

martes, 27 de diciembre de 2011

Looking.


Me está persiguiendo. Lo sé, y soy consciente de que él lo sabe también. La cantidad casi ingente de personas que me rodean, que se empujan entre sí, no son de gran ayuda como camuflaje. Sé que sus ojos pueden ver a través de los muros, la tela, el maremágnum humano, y huyo.
Tal vez porque no sé qué es lo que me espera. Pero su mirada de hielo me encuentra, siento su frío aliento cada vez más cerca, la mirada de la muerte en la nuca. Y me apresuro, asustada, entre el gentío. Me sudan las manos. ¿Qué hará cuando me encuentre? Sé que no tengo posibilidades. Nadie escapa a él. Probablemente quiera matarme. Si no por venganza, será por aburrimiento.
Pero moriré.
Moriré por un beso. Sólo un gesto que no significó nada.
Escapo de la multitud, resollando. Me sudan las manos, y me las paso por la tela de la blusa ociosamente. Fuera de la gran carpa hay un pequeño bosquecillo, apenas un amago de arboleda, un par de filas de matojos, y me refugio entre la espesura, sabedora de que está a mi espalda. Pronto no puedo avanzar, el espacio se acaba. Le espero, tratando de esconder mi incomodidad. Aspiro una bocanada desesperada.
Y él avanza, frío y letal, me acorrala contra la corteza áspera y rugosa a mi espalda, siento los surcos en la madera, bajos las yemas de los dedos. Cierro los ojos, y siento un dolor lacerante entre las costillas. Me tiemblan las piernas, parecen de mantequilla, y yo no sé qué hacer, siento pánico, porque un líquido caliente brota velozmente y empapa mi blusa ligera, a pesar de mis intentos por contener la sangre, que me embota el cerebro con su penetrante olor metálico. Siento que algo me recoge, algo alargado y duro, unos brazos musculosos, quizás.
Azul, azul es lo último que veo. Unos ojos grandes y azulados que me devuelven una mirada desesperada, una mirada que pretende esconder una emoción muy distinta.
No, el sueño no me lleva, pero sí se me empaña la visión, soy espantosamente consciente del dolor. Certera y letal, la puñalada ha debido atravesar uno de mis pulmones, porque mi respiración suena trabajosa y áspera, hasta para mí.
No puedo evitar preguntarme qué me voy a encontrar más allá. Aunque tampoco importa, nada puede ser peor que lo que he vivido hasta ahora.
Y me dejo llevar, hasta que el dolor es lo único que puedo percibir, reteniendo en mi memoria el azul eléctrico de su mirada, profundo océano de hielo....