domingo, 15 de noviembre de 2020
Nevertheless.
sábado, 14 de noviembre de 2020
Desperdicios
Ver una serie sobre prostitución adolescente y abuso sexual es siempre como una patada en el pulmón. Para mí, quizá, pueda ser considerado masoquismo. No deja de preocuparme el seguir conectando con esa etapa de mi vida. Seguir ahí, estancada, en mis frágiles 16. En la obsesión de no ser un objeto, pero buscando constantemente esa validación ajena, esa atención que necesito que tanta repulsa me causa. Con todas esas cicatrices que, como queloides, han mutado desde la piel hasta el alma.
Al final, Baby es un recordatorio de que las cosas no siempre funcionan para todo el mundo, y menos como uno querría, como la televisión y los medios sugieren que la vida fluye, justa y felizmente. No. En una sociedad donde los milagros escasean, a veces los inocentes pagan, a veces los culpables también, a veces no son víctimas quienes creemos, y pocas veces importa nada más.
Pero es difícil medir lo justo, incluso cuando el culpable es privado de su libertad, porque el dolor queda para revestirte el resto de tu vida.
Tan entumecida
Tan vacía
Tan ajena
Tan muda
Todo el mundo te mira y tiene claro quién eres, o quién puedes ser. Todos ven tus adjetivos, tus logros, tus ambiciones, tu potencial. Y tú no sabes qué decir, no sabes qué sentir, no sabes por qué no respondes como deberías. ¿Es que acaso te has estropeado? Y tienen la cara de lamentarse, ¡qué desperdicio!
Pero eso es puntual; la realidad es más larga. Los días son más cortos y el frío acecha cuando se acerca ese aniversario simbólico de dolor, pena, rabia, culpa. La injusticia, los crímenes sin pagar. Esas cosas que le pasaron a una, hace mucho, mucho tiempo. Navidad, más culpa.
martes, 10 de noviembre de 2020
Mutuamente.
martes, 3 de noviembre de 2020
Reinventing the education
Hay un señor frente a mí protestando sobre la hegemonía lingüística del inglés, reivindicando su italiano de formación. Claro. Resulta clásico hasta para sus más de setenta años, con sus escasas canas repeinadas, su traje demasiado grueso para esta estación del año pero bien ajustado, las gafas y el calzado a la moda, pero la bolsa de piel negra tan atemporal como la que llevara mi padre a trabajar allá por el año 2000, con su hebilla dorada y todo.
Nos mira desde arriba, desde su estrado elevado, tras un portentoso escritorio de madera oscura que ha perdido el lustre por el uso, con su ancho culo cómodamente aposentado en una silla acolchada (a diferencia de nuestras desvencijadas bancas de madera). No se mueve, a penas levanta la vista de los apuntes que nos lee, que nos dicta. Es como si hubiera una barrera entre nosotros, una absoluta separación espacial, temporal y hasta dimensional.
Y yo digo..., que bueno, que qué remedio tengo. Llevo cinco años ya en la universidad, y he aprendido que desgañitarme sobre las condiciones de estudio solo afectará a mi salud mental y a mis niveles de energía. Y que, aunque me gusta su voz profunda, eso puedo encontrarlo en cualquier podcast. Que me gusta el contenido, pero para oírlo con 800€ menos de matrícula en el bolsillo, bien podría leerlo por internet, de donde sea que haya descargado los libros y apuntes que tiene bajo las narices, en la cálida y reconfortante calidez de mi hogar; y sin cabrearme cada vez que pierda 20 minutos por no saber abrir un documento de word o entender una referencia en ingles.
¡Ah! ¡qué útil su italiano de formación!